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Aquí hay 'feeling': Macron visita España entre el glamour real, el 'Bromance' con Sánchez y algunos baches diplomáticos

Aquí hay 'feeling': Macron visita España entre el glamour real, el 'Bromance' con Sánchez y algunos baches diplomáticos

Madrid se viste este martes de gala: banderas tricolores francesas ondeando junto a las rojigualdas españolas en un despliegue de diplomacia, protocolo y pompa para recibir al presidente galo, Emmanuel Macron, de visita de Estado, acompañado de su esposa Brigitte. La visita es histórica porque, aunque parezca increíble dada nuestra vecindad, han pasado 17 largos años desde que un jefe de Estado del norte cruzara los Pirineos con este nivel de formalidad diplomática. 

Así que se viene una mezcla fascinante: el despliegue del poder blando de la Casa Real española en todo su esplendor (porque aquí hay feeling), la consolidación de un eje político vital para la supervivencia del europeísmo de la mano del presidente español, Pedro Sánchez, y el propio Macron, y la resolución -por fin- de los dolores de cabeza burocráticos que arrastraba el Tratado de Amistad entre París y Madrid. 

Si hay algo que ha quedado claro en esta visita es la sintonía personal y política entre invitados y huéspedes. Los Macron han mostrado siempre su máxima cercanía con Felipe y Letizia, con los que tiene un fuerte alineamiento político, sobre todo cuando de una Europa unida hablamos. Las muestras de aprecio mutuo son constantes cuando se encuentran. Y lo mismo pasa con Sánchez, aunque un mandatario sea liberal y el otro, socialista. 

En la prensa francesa, se les ha llegado a bautizar como los "falsos gemelos" (escribe La Tribune). La causa: que ambos líderes comparten un perfil sorprendentemente similar en el teatro europeo. Son hombres de su tiempo, pragmáticos, que han sabido reinventar el centro-izquierda y el centro-liberalismo en un continente que se escora peligrosamente hacia la extrema derecha. El Wilson Center los definió recientemente como "dos apostadores". Vaya si lo son. Macron se jugó su mandato (y el futuro de Francia) con adelantos electorales y pulsos constantes en la Asamblea Nacional; Sánchez, por su parte, es el epítome de la supervivencia política en España, habiendo escrito el manual de cómo resistir contra todo pronóstico, adelantando elecciones cuando todos le daban por muerto y tejiendo alianzas de una complejidad de encaje de bolillos.

En esta visita, ambos quieren escenificar que el eje franco-español está más vivo que nunca y que los dos Gobiernos están dispuestos a liderar la resistencia europea, que es lo que más les une, asuntos bilaterales aparte. Frente a la parálisis que a veces sufre el motor franco-alemán, el eje París-Madrid se ha presentado en los últimos tiempos como una alternativa dinámica.

Durante los encuentros en La Moncloa de los dos líderes, el lenguaje corporal ha sido de una confianza absoluta. No son únicamente socios comerciales, sino aliados ideológicos en un momento crítico. Se necesitan mutuamente. Macron, en la recta final de su mandato (que concluye el año que viene irremediablemente, sin posibilidad de reelección directa a la vista de la constitución francesa), busca consolidar su legado europeo. Sánchez necesita el peso de Francia para legitimar las posturas españolas en Bruselas, tras meses de tensiones, por ejemplo, por Ceuta. 

Un frente común ante el mundo

La agenda internacional ha ocupado buena parte de las conversaciones entre los dos en los últimos tiempos. En un momento en el que el mundo parece estar al borde de múltiples abismos, Sánchez y Macron han decidido entrelazar sus manos. Un ejemplo clarísimo ha sido su postura frente a las recientes amenazas comerciales de Donald Trump, el presidente de Estados Unidos. 

Macron siempre ha expresado su "solidaridad absoluta" con España y con sus empresas ante las amenazas de nuevas tasas por parte de la Casa Blanca, dejando claro que un ataque arancelario a España es un ataque a toda la Unión Europea (UE). Esta imagen de escudo protector compartido es oro puro para la diplomacia comunitaria.

Además, ambos líderes han sido tajantes en materia de política migratoria. Mientras otros países europeos flirtean con las ideas de la extrema derecha sobre la externalización de fronteras, Macron y Sánchez han alzado la voz contra los ineficaces "centros de retorno" para migrantes fuera de la UE. "Esa no es nuestra Europa", llegaron a sentenciar, marcando una línea roja humanitaria y logística frente a modelos como el italiano de Giorgia Meloni en Albania. 

Y queda la geopolítica dura: desde la postura conjunta advirtiendo sobre las escaladas en Oriente Medio (especialmente en los pulsos con Irán, donde París y Madrid han coordinado respuestas para evitar conflictos a gran escala) hasta el firme e importantísimo espaldarazo de Macron a la integridad territorial española. La diplomacia francesa ha puesto a Ceuta en el centro de sus mensajes de apoyo, un gesto que Sánchez ha agradecido profundamente y que refuerza la frontera sur de Europa. Vale más, porque se sabe el papel de Francia en Marruecos como antigua colonia, el equilibrio que siempre trata de mantener con Argelia y las consecuencias que un posicionamiento puede tener en su propia casa. 

Será interesante ver qué alusiones hace Macron a la crisis en este viaje, pero para agradecimiento de Sánchez queda su negativa a suspender el Acuerdo de Schengen, como hizo Italia. Una decisión de continuidad y calma que mantuvo también el otro vecino de España, Portugal. 

Agasajo de los reyes

Una visita de Estado no es sólo política de despachos, sino espectáculo, protocolo, imágenes. Y en eso, la Casa Real española quiere demostrar de nuevo que domina los tiempos y las formas. La recepción oficial de los reyes Felipe VI y Letizia tienen preparada a Emmanuel y Brigitte Macron es formidable. Tras ocho años sin un encuentro de este calibre formal -en 2018 fueron los monarcas los que visitaron París- y casi dos décadas sin una visita de Estado presidencial francesa en toda regla (2009, con Nicolás Sarkozy), el Palacio Real se pondrá sus mejores galas para una cena que ya protagoniza, sin haber ni pasado, las revistas del corazón.

Felipe VI, en un gesto de máxima deferencia y "real aprecio", va a condecorar a Macron con el Collar de la Orden de Isabel la Católica, una de las máximas distinciones que otorga el Estado español a líderes extranjeros. Brigitte tampoco se irá de vacío, recibiendo también honores correspondientes, la Gran Cruz de la misma ordene. Estas distinciones, que a ojos de un republicano francés podrían parecer un anacronismo curioso, son en el lenguaje diplomático un abrazo fraternal que trasciende a los gobiernos de turno, reservadas como están para quien haga servicios "extraordinarios" a España o haga una contribución "relevante" a las relaciones de amistad y cooperación con Madrid, como es el caso. 

"Macron es un gran amigo de España y nuestra democracia", dijo el rey cuando visitó París hace ocho años. "Europa es hoy para nosotros una patria común. Españoles y franceses estamos firmemente comprometidos con la defensa del ideal europeo que nos ha permitido disfrutar del mayor periodo de paz y prosperidad de toda nuestra historia", añadió. Cuando mandó su carta de invitación al presidente, lee dijo que su visita era algo "deseado" por él y la reina.

Los Macron serán recibidos con honores militares por los reyes en el Palacio Real, tras lo que juntos tendrán un almuerzo en La Zarzuela, seguido de una reunión entre los señores. Luego, la cena de gala será el punto álgido del glamour. De nuevo, en el Palacio Real. La reina Letizia, siempre escudriñada por la prensa internacional, tiene previsto rescatar de la cámara acorazada una de las tiaras más espectaculares de la colección real, haciendo un guiño a la solemnidad del momento. 

Ya el miércoles, la agenda se completa con la visita de Macron a Sánchez en el Palacio de la Moncloa. Allí mantendrán una reunión de trabajo y también almorzarán. Durantee la jornada, el presidente francés acudirá con Felipe VI a un foro de comercio e inversión de empresarios españoles y franceses en el Ministerio de Economía. Tiene previsto también asistir en este viaje de Estado a un encuentro en la Universidad Complutense sobre democracia, juventud y redes sociales, así como visitar el Centro de Satélites de la Unión Europea y una institución francesa de investigación en ciencias humanas y sociales, según el Elíseo.

Una visita que finalizará con la recepción que el presidente francés y su esposa ofrecerán a los reyes Felipe VI y doña Leticia en la Residencia de la Embajada de la República Francesa en España. Tendrán, pues, varias oportunidades de verse y, a lo mejor, de que los españoles pidan consejo a los galos para la estancia de la infanta Sofía en París: se acaba de trasladar al campus del Forward College en la capital francesa, tras su estancia de un año en Lisboa. 

El elefante en la habitación: el tratado pendiente

Pero detrás de las sonrisas, los brindis y las declaraciones de intenciones, habrá una deuda pendiente por saldar: la resolución del Tratado de Amistad y Cooperación Francia-España. Hagamos memoria. En enero de 2023, Macron y Sánchez firmaron con gran pompa el Tratado de Barcelona (formalmente, el Tratado de Amistad y Cooperación Reforzada). Era un hito. España sólo tiene un tratado similar con Portugal, mientras que Francia lo tiene con Alemania y con Italia. Elevar las relaciones franco-españolas a este nivel legal significaba institucionalizar cumbres, permitir la doble nacionalidad real en más ámbitos, fomentar intercambios de ministros en los consejos de gobierno de ambos países y alinear políticas de defensa e infraestructuras, entre otras cosas. 

Sin embargo, la burocracia y la política doméstica tienen sus propios tiempos, a menudo exasperantes. Durante casi tres años, este tratado ha estado sumido en un limbo. ¿El motivo? Problemas de ratificación y escollos legales. Sectores conservadores (empezando por el PP en el Senado) y varios recursos legales habían puesto en duda la constitucionalidad de ciertas cláusulas del texto, que implicaban supuestas cesiones o compromisos de soberanía compartida. A eso se sumaban los habituales retrasos parlamentarios debidos a las convulsiones electorales en ambos lados de los Pirineos.

Por suerte para ambos mandatarios, las estrellas se han alineado justo a tiempo y el Tribunal Constitucional (TC) español avaló finalmente el Tratado de Amistad entre España y Francia el pasado 23 de septiembre, por unanimidad. Esta resolución desactiva la bomba de relojería que amenazaba con empañar la visita y con la que el PP tensionaba las cosas, complicando las relaciones bilaterales con un socio esencial de Madrid. 

Con el aval del Alto Tribunal bajo el brazo, Sánchez ya puede presentar a Macron un tratado listo para desplegar todos sus efectos. Esto significa que a partir de ahora, la cooperación transfronteriza dejará de ser una declaración de buenas intenciones para convertirse en ley. Significa que habrá comités conjuntos de defensa, que la cooperación policial será más fluida y que, sobre el papel, se priorizarán las interconexiones que históricamente han estado abandonadas. El Tratado es el legado a largo plazo de esta visita, un documento que sobrevivirá a Macron y a Sánchez y que ancla a los dos países en un destino común.

Los choques, que los hay

Seríamos ingenuos si pintáramos este encuentro como una luna de miel sin nubes. Para nada. Como en todo matrimonio de conveniencia y de amor a partes iguales, España y Francia arrastran problemas crónicos que los fastos oficiales no logran ocultar por completo.

A pesar de la retórica de los "falsos gemelos", los intereses nacionales chocan a veces en la frontera pirenaica. Durante las reuniones de trabajo, lejos de los flashes, las delegaciones seguro que tendrán que lidiar con algunas patatas calientes y, posiblemente, la que más quema es la energética. España lleva décadas queriendo dejar de ser una "isla energética", buscando exportar su excedente de energías renovables (y antes, gas) al resto de Europa, a través de Francia. París, históricamente protectora de su poderosa industria nuclear, ha bloqueado sistemáticamente infraestructuras como el difunto gasoducto MidCat.

Aunque en 2022 se anunció el proyecto H2Med (un corredor de hidrógeno verde submarino entre Barcelona y Marsella), los avances reales son lentos. París sigue priorizando que el hidrógeno se produzca con energía nuclear (el llamado hidrógeno rosa), mientras España empuja por el hidrógeno estrictamente renovable (verde). Durante esta visita, Sánchez presionará seguramente a Macron para acelerar los plazos y garantizar la financiación europea del proyecto, pero el Elíseo sigue arrastrando los pies con una exasperante lentitud burocrática.

Otro punto de tensión: la apuesta convencida de Macron por la energía nuclear, reforzada en los últimos años, en la que Sánchez no le sigue, pese a decisiones como la renovación de la autorización de explotación que permite a las dos unidades de la central Almaraz funcionar hasta el 8 de junio de 2030, conocida hace un mes. 

La tensión agrícola, por otro lado, es el conflicto que nunca muere. Cada cierto tiempo, los agricultores franceses, ahogados por las normativas europeas y los costes internos, vuelcan su ira contra los camiones españoles en la frontera, acusando a España de competencia desleal y dumping social y medioambiental. Aunque ahora la situación está calmada, el enfado persiste en el campo francés. Macron, presionado por la extrema derecha de Marine Le Pen (que capitaliza el descontento rural), tiene poco margen para hacer concesiones, cuando los precios de los combustibles están por las nubes, a causa de guerras como la de Irán. Sánchez le ha exigido garantías de libre circulación de mercancías y mano dura contra los piquetes violentos. Es un tema espinoso donde la "solidaridad europea" choca de frente con los sindicatos agrícolas galos.

En política exterior, hay que seguir de cerca lo que pase en Ceuta, si Madrid protege o ataca a Marruecos como posible responsable del paso masivo de personas, más de 70.000, de finales de julio, y si París reacciona a ello, siendo como son sensibles sus relaciones con Rabat. Ya uno de los antecesores de Macron, el conservador Jacques Chirac no avaló al expresidente español, José María Aznar, en la pelea por el islote de Perejil.

Aunque el alineamiento antiTrump es claro, hay quien afea a España desde Francia que no dé paso más en su compromiso con la defensa del continente. Empezando por la ayuda a Ucrania, siguiendo con el programa del paraguas nuclear que apadrina Macron y acabando con el compromiso económico con la OTAN.

Aún así, Sánchez y Macron han demostrado estos años que, a pesar de pertenecer a familias políticas diferentes, comparten un diagnóstico idéntico sobre los males que acechan a Occidente: el aislacionismo comercial y defensivo de EEUU, la presión desestabilizadora de regímenes autoritarios, el reto humanitario de la migración y la necesidad de una autonomía estratégica europea real. Seguirán discutiendo por tomates en la frontera o por el hidrógeno, pero son los problemas típicos de quienes comparten demasiados kilómetros de frontera y demasiada historia. En los problemas globales, las voces se parecen bastante. 

Ahora está por ver qué le parece al presidente y a la primera dama la que le tienen preparada estos días en Madrid. Será su despedida oficial de nuestro país. 

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