Como si fuera uno de sus personajes, la escritora entra en la librería con gafas de sol, gabardina, mitones y, al cuello, un foulard burdeos-marrón. Podría ir de incógnito o de estrella: esta mañana toca lo segundo. En la Casa del Libro la reciben entre aplausos, abrazos y un ramo de flores. No es para menos: Cristina Fernández Cubas ganó ayer el Premio Cervantes, uno de los galardones más importantes de las letras hispánicas. "Estoy aterrizando aún, ayer estuve zombi todo el día. Me pasé la mañana de médicos oculistas y por la tarde recibí la llamada del ministro, muy simpático él", ha confesado en la librería, rodeada de periodistas y cámaras.
"Pese a mi estado grogui, ayer me acordé de Ana María Matute cuando le dieron el Cervantes", ha rememorado. Se refiere al 2010, cuando Matute, entonces de 85 años, recibió el premio: la noticia le llegó por la tarde, estando con la misma Fernández Cubas y la editora Esther Tusquets. "Ana María era divertidísima, lo contaba todo con mucha vehemencia. Y dijo preocupada: '¡Díos mio qué horror, tengo que hacer un discurso!'. Le contestamos: 'Pero si lo harás muy bien'. Y ella: 'Antes que ese discruso, preferiría escribir 40 novelas, 200 cuentos y 26.000 ensayos'", ríe Fernández Cubas, que no está tan preocupada por el discurso institucional ante los Reyes, en la tradicional ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. "Me encanta que el premio sea por Cervantes. Ahí quizás tengo algo que contar: cómo llegué yo al Quijote... Empiezo a tener ideas", asegura la maestra del cuento.
"Tal vez sea pionera. Pero es que cuando empecé no era normal conseguir publicar un libro de cuentos. Quizás, solo quizás, he introducido una libertad en el cuento", admite. Y recuerda cómo en todas las entrevistas siempre, de forma invariable, le preguntaban cuándo llegaría una novela. Ella siempre respondía que el cuento era un género en sí mismo. Pero la novela llegó: El año de Gracia (1985). Y otras dos más.
Pero si algo identifica a Fernández Cubas son los relatos breves con un toque inquietante, una pincelada de fantástico. "El cuento tiene mucho de aventura y a veces me meto en unos líos que no sé como voy a salir. Un párrafo malo te hunde el cuento entero, es peligrosísimo. Me siento como una funámbula que puede caerse en todo momento. Todos los cuentistas somos trapecistas que trabajamos sin red".
Cuando habla del cuento se explaya, cuenta anécdotas, se desvía del camino y encadena reflexiones. Hasta que concluye: "Este es un premio para mí y para el cuento como género. Soy una entusiasta del género, no solo como escritora sino como lectora. El cuento debe empezar a tener respeto. Antes no tenía ninguno". Y eso que uno de los primeros ganadores del Cervantes fue Jorge Luis Borges (en 1979), un virtuoso del relato corto. Pero Borges era Borges. Y a finales de los 70 las editoriales no querían publicar los cuentos de una escritora desconocida. "No les interesaba, ni siquiera existía. Suerte de Beatriz de Moura, que se entuasiamó con mis cuentos. Cuando la gente decía 'Son exttraños, son incomprensibles', ella contestaba: 'Son geniales'. En realidad, este premio también es para ella", reivindica Fernández Cubas, fiel escritora de la editorial Tusquets.