Noticias principales

EEUU le para los pies a Trump: el histórico repudio que abre una era de resistencia demócrata en el Congreso

Las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, las famosas midterms, siempre son un refrendo al presidente en ejercicio. Por eso, este 3 de noviembre se esperaba que los ciudadanos tirasen de las orejas al republicano Donald Trump por todo lo sin hacer y por todo lo mal hecho en los dos primeros años de su segundo mandato. Sin embargo, el apoyo obtenido por sus rivales del Partido Demócrata ha superado todas las predicciones: la suma de las papeletas es un repudio federal en toda regla. El país le ha parado los pies a un magnate que quiere ser rey, poniéndole la brida democrática más efectiva, como es el control del poder legislativo. 

Esto va más allá del mero voto de castigo, rutinario, por el desgaste de la gestión o las promesas pendientes. Esta cita con las urnas se ha transformado en un referéndum abrumador, en una ola azul que, sí, tiene el mérito de la renovación y el empeño de los progresistas -en plena travesía del desierto, de lo ideológico al liderazgo- pero, sobre todo, tiene el peso de los deméritos trumpistas. Hoy, los demócratas tienen el control no sólo de la Cámara de Representantes, que es lo que auguraban las encuestas, sino también del Senado, que es lo inesperado. Dejan a la Administración republicana en una posición de extrema vulnerabilidad institucional.

La magnitud de la ola azul

Desde la apertura de los colegios electorales en el supermartes, los datos de participación temprana ya apuntaban a una movilización sin precedentes en EEUU para un año no presidencial. La motivación principal del electorado demócrata y, de manera crucial, de los votantes independientes, no ha sido únicamente el apoyo a la plataforma progresista por correligionarios, sino el rechazo explícito al presidente republicano. Es algo en lo que coinciden todos los análisis esta mañana, de la contundencia del New York Times a la fiereza de The Atlantic. 

La ciudadanía ha utilizado su voto no como una herramienta de corrección política ordinaria, sino como un mecanismo de emergencia diseñado para detener en seco la agenda del Ejecutivo, cada vez más presidencialista, cada vez más cercenador de derechos y libertades. Las protestas de "no king" resumen ese sentimiento. Este veredicto se ha materializado en victorias aplastantes a lo largo y ancho del país, configurando un mapa electoral muy adverso para los intereses de la Casa Blanca.

Como claves para leer esta elección tenemos el colapso en los suburbios, donde este actual Partido Republicano que lleva en su vientre el alien de MAGA ha sufrido pérdidas devastadoras, según los primeros datos de la agencia AP. También el hecho de que los votantes moderados y no afiliados se han decantado abrumadoramente por las opciones demócratas, cuando suele ser más equilibrado el reparto entre los llamados independientes. Y valga una tercera idea: la nacionalización de la elección. En lugar de votar por cuestiones locales, que es lo que suele primar en elecciones territoriales, los electores convirtieron cada escaño en un plebiscito sobre la figura de Trump.

Los números, al fin, hablan por sí solos: 54 senadores para los demócratas frente a 44 para los republicanos (al cierre de esta edición) y 231 representantes para los demócratas y 139 para los republicanos en la House. La mayor diferencia demócrata en cuatro décadas. 

La caída de la Cámara de Representantes

El primer pilar del poder republicano en derrumbarse durante la noche electoral fue la Cámara de Representantes. Se supo temprano y era lo esperado, que los demócratas iban a recuperar el control de la Cámara Baja. Esta victoria representa el fin de la vía libre para las políticas conservadoras.

Esta reconquista ha sido el resultado de una estrategia meticulosa enfocada en distritos altamente competitivos donde la popularidad del presidente Trump estaba en sus niveles más bajos. Ahora mismo, roza su mínimo histórico nacional, con un 32%, aunque dos semanas atrás tocó suelo, con un 31%, según un sondeo de Reuters/Ipsos. 

En el centro de este triunfo se encuentra el liderazgo demócrata, centrado en la figura de Hakeem Jeffries, que emergió como la figura unificadora capaz de mantener a raya las disputas internas entre el ala moderada y el flanco más progresista del partido. Y eso que el momento no es sencillo, con las distintas almas y familias del partido enfrentadas (por cómo batallar contra Trump, por cómo censurar a Israel, por la relación con el empresariado, por quién será candidato a la Casa Blanca en dos años, por ejemplo). Al lograr canalizar el repudio ciudadano hacia Trump en una maquinaria electoral eficiente, Jeffries se ha asegurado el apoyo necesario para asumir el mazo de presidente de la Cámara (Speaker of the House), de enorme valor. 

¿Por qué importa tanto que el control de la Cámara sea ahora demócrata? Porque les da poderes fundamentales que transformarán por completo los próximos dos años de la presidencia de Trump. Vamos a destacar tres. El primero es el poder de citación (subpoena): los comités de la casa ahora estarán presididos por demócratas, lo que les permitirá iniciar investigaciones rigurosas sobre las finanzas, las decisiones ejecutivas y los miembros de la Administración Trump. Se podrán impulsar investigaciones televisadas y filtraciones constantes sobre la gestión federal, contratos públicos o negocios familiares y habrá una amenaza latente de procesos de destitución o juicio político (impeachment). 

Como explica estos días la prensa norteamericana, el objetivo de ese proceso rara vez es destituir al presidente (para lo que se necesitarían dos tercios del Senado, lo que es casi inviable), sino generar un desgaste de su reputación continuado, que erosione la marca. Eso no será complicado de lograr y en el horizonte se plantean debates como los amiguismos del presidente o el pederasta Jeffrey Epstein. 

Luego está el control del presupuesto, porque cualquier iniciativa de financiación gubernamental deberá pasar por el filtro demócrata. Y, al fin, queda el bloqueo legislativo: la agenda legislativa impulsada por la Casa Blanca quedará efectivamente paralizada en la Cámara Baja. Por eso, al magnate neoyorquino le quedan dos años a cara de perro, enfrentándose siempre a un muro infranqueable. Ni siquiera le queda la esperanza de que haya tránsfugas o disidentes que rompan la disciplina de voto porque la diferencia de escaños, si los números se cumplen, será abultada. Y ya no le vale con convencer a unos cuantos díscolos. 

El triunfo del Senado

Si la Cámara de Representantes refleja el rechazo a nivel de distritos, el Senado evidencia el fracaso de la estrategia personalista de Trump a nivel estatal. A pesar de que los republicanos contaban con algunas ventajas estructurales por los ciclos de renovación interna de los mapas, han sufrido derrotas críticas que les han costado la mayoría. Eso escuece. 

La implicación directa del presidente ha sido, paradójicamente, el mayor lastre para su propio partido. Trump intervino activamente en las primarias republicanas para asegurar la nominación de candidatos que juraran lealtad absoluta a su figura y a su movimiento político. Si no tenían experiencia de gestión u orgánica, si eran meros paracaidistas, eso le daba igual. Fidelidad y elogios, era la clave. Sin embargo, como se hizo evidente en la noche electoral, esta lealtad extrema alienó a la base más amplia del electorado.

Los republicanos apostaron su control de la Cámara Alta a la figura divisiva del presidente, y el electorado respondió arrebatándoles ese poder. Las carreras clave mostraron una tendencia clara durante toda la noche: los candidatos alineados con Trump sufrían un déficit crónico de apoyo entre los votantes indecisos. Un estado tras otro.

Así que, en el caso del Senado, se han sumado la debilidad de los candidatos elegidos por Trump, poco viables, y que los demócratas han logrado arrebatar escaños críticos, asegurando así el control de la Cámara Alta. La pérdida del Senado significa que Trump ya no podrá confirmar jueces federales o altos cargos del gabinete sin el consenso demócrata, por poner dos ejemplos. Eso, claro, va a ser un sindiós. 

Qué es eso del "pato cojo"

Con ambas cámaras del Congreso en manos demócratas, la Administración entra en lo que la jerga política estadounidense define como la fase de "pato cojo" (lame duck). Históricamente, un presidente que pierde el Congreso a mitad de su mandato sufre una merma sustancial de su poder real, pero en el caso de Donald Trump, frente a una oposición fuertemente motivada y hostil, el escenario se perfila como una paralización institucional absoluta. Aún así, cabe recordar que no es el primero ni será el último en estas circunstancias. 

La principal consecuencia de este bloqueo es que cualquier esperanza de avanzar en legislación conservadora profunda -como mayores recortes de impuestos, reversión de políticas ambientales, reformas al sistema de salud o nuevas ordenaciones sobre migración- ha sido anulada por los votantes, de facto. Privado del brazo legislativo, el presidente se verá forzado a gobernar casi exclusivamente mediante órdenes ejecutivas. A decretazos. Y eso incrementará el enfado de la gente, a la que no le gusta ese corte de gestión. Por eso, esta vía de gobierno es frágil. Mejor no abusar porque, además, son fáciles de recurrir ante los tribunales de justicia. 

Y más aún: si el presidente en ejercicio no puede o no prevé optar a la reelección (como le pasa a Trump porque así lo impone la Constitución), la pérdida del Congreso desata de inmediato una batalla interna entre delfines, gobernadores y senadores que buscarán marcar distancias con Washington para salvar los muebles. Empezarán a discutir lo que el líder quizá no hizo bien, de lo que se tengan que desmarcar, sabedores de que las consecuencias no serán, o no tanto, porque Trump se va. Puede ser el principio del final del trumpismo, como decía el profesor Pedro Rodríguez esta mañana en el Hoy por hoy de la Cadena SER, con Aimar Bretos. 

De momento, la ciudadanía no sólo ha votado por nuevos representantes, sino que ha votado por silenciar la capacidad de acción del Despacho Oval durante los próximos 24 meses. 

La encrucijada republicana... 

Una de las dinámicas más complejas -y fascinantes- que emergen de estos comicios es el estado interno del Partido Republicano. Tras sufrir un rechazo tan contundente por parte del electorado, la lógica tradicional indicaría que la formación deber emprender una profunda autocrítica y un distanciamiento inmediato del líder que ha causado la debacle.

No obstante, la realidad de la política estadounidense desafía esta norma. A pesar de los desastrosos resultados de mitad de mandato provocados por su toxicidad electoral a nivel nacional, los análisis apuntan a que los republicanos seguirán, en gran medida, supeditados a la figura de Trump. Ha logrado hacerse con las riendas, inocular su estructura interna y su mando territorial. Puede que también sea determinante, aún, en la elección del candidato a la presidencia en 2028. 

Esta paradoja se explica a través de la estructura del sistema de primarias de los partidos en el país. Aunque la ciudadanía general repudia las políticas extremas, el control que Trump ejerce sobre las bases activistas del partido sigue siendo de hierro. Los políticos republicanos que han sobrevivido a la "ola azul" temen ahora más un desafío por su derecha en futuras primarias que una derrota en elecciones generales. Y abandonar a Trump significaría perder a una base de votantes hiperleales y altamente movilizados, muy muy leales. 

A pesar de la lealtad obligada de algunos, la aplastante victoria demócrata va a abrir fisuras, desatando una guerra civil larvada entre la vieja guardia republicana y las facciones incondicionales del trumpismo. Es lógico. El Partido Republicano está atrapado en un bucle: no pueden ganar elecciones generales nacionales y suburbanas abrazando el extremismo de Trump, pero tampoco pueden sobrevivir a las purgas internas de su propio partido si se atreven a repudiarlo. 

Este escenario deja a la formación conservadora en una profunda crisis de identidad, obligada a navegar los próximos dos años lamiendo sus heridas bajo el mismo liderazgo que causó la hemorragia de votos.

Trump, siempre generoso, ya ha dicho que toda la culpa de este hundimiento es de los demás. Que si su cara hubiera estado en las papeletas, hubiera arrasado. Pero es que en campaña ya le pidió a la gente que votase como si él fuera el candidato y... vaya, eso es justamente lo que la gente ha hecho. En varias entrevistas, esta madrugada, ha dicho que quizá ha pesado la guerra de Irán y que los ciudadanos no estaban dispuestos a pagar más por batallarla. Ahora sirve de mofa en redes: "Trump trajo un cambio de régimen a Texas más rápido que a Teherán", dice el analista Mark McKinnon.

... y el revivir demócrata

Frente a la crisis republicana, el triunfo demócrata ha demostrado la consolidación de una coalición diversa, muy efectiva. Los datos reflejan que las midterms no han sido un accidente afortunado para sus filas, sino la confirmación de tendencias demográficas que el partido menos derechoso ha sabido rentabilizar.

El éxito de los demócratas, y por ende el repudio a la era Trump, se ha fundamentado en unir a bloques de votantes que, en otras circunstancias, podrían tener agendas dispares. Destaca el papel de las mujeres suburbanas, que han seguido siendo el motor de la reacción en contra de las políticas restrictivas en derechos sociales y la retórica agresiva del presidente.

La participación juvenil también se ha disparado: rompiendo con los patrones históricos de apatía en las elecciones no presidenciales, los votantes más frescos han acudido masivamente a las urnas, motivados por cuestiones de emergencia climática, economía y defensa de las instituciones democráticas. Lo mismo ha pasado con las minorías raciales: las comunidades afroamericanas y latinas se han erigido, de nuevo, en un pilar, cerrando filas en torno a los candidatos demócratas tanto en las contiendas al Senado como a la Cámara de Representantes.

Y están los nombres propios, como el de James Talarico, un profesor de 38 años que será próximo senador demócrata por Texas, un señor con una carrera meteórica que compara su historia con la de David y Goliat. O el de Abdul El-Sayed, ganador para el senado por Michigan, el primer musulmán en hacerlo, otro socialista sin complejos. O los de esa lista de mujeres poderosas como Keisha Lance Bottoms, Gina Hinojosa, Deb Haaland, Juliana Stratton o Peggy Flanagan... Gente nueva, rostros frescos que han conquistado papeletas por mérito propio, con campañas muy intensas y apegadas a los problemas de los ciudadanos. 

Bajo el inminente liderazgo de Jeffries, los demócratas proyectan una imagen de unidad operativa y eso es nuevo, tras años de travesía del desierto. Su misión durante los próximos años no será solo ejercer de muro de contención contra los impulsos ejecutivos de Trump, sino demostrar capacidad de gestión y supervisión responsable, cimentando así su argumentario político de cara a las próximas presidenciales.

Todos pendientes

El nivel de repudio a Trump manifestado en estas elecciones trasciende las fronteras de EEUU, atrayendo una atención planetaria. Cosas de las superpotencias y tal. Mientras se analiza si el populismo internacional empieza a estar de capa caída con el derrape de su líder indiscutible, queda la doble certeza de que existe resistencia democrática en EEUU, de sus partidos a sus ciudadanos, y también de que Trump, bloqueado en casa, va a volcarse en la política exterior. Es un clásico de los patos cojos. 

La toma del Congreso por parte de los demócratas es percibida por la comunidad internacional como un freno a las tendencias más aislacionistas y disruptivas de la actual administración y se ven con esperanza ante la posibilidad de recuperar cierto multilateralismo, unas relaciones más sensatas con el mundo. El mayor ejemplo de ello puede ser un nuevo paquete de ayuda impulsado por el Partido Demócrata para Ucrania, completamente abandonada y amenazada incluso por Trump. 

En el plano financiero y económico, los resultados también han generado respuestas medibles. Los mercados e instituciones de análisis financiero evaluaron la victoria decisiva demócrata y sus consecuencias de forma dividida. A nivel macroeconómico, los mercados tienden a estabilizarse ante escenarios de estancamiento y también, al no tener un único partido el control del Gobierno, se elimina la posibilidad de legislaciones fiscales sorpresivas o radicales. La capacidad de Trump para alterar unilateralmente los marcos regulatorios de sectores como la energía o la banca quedará drásticamente limitada por la vigilancia del Congreso, de paso. 

Todo eso está por ver. Por ahora, queda sobre la mesa, en números, un acto cívico de repudio a una forma específica de entender y ejercer la presidencia, el reflejo de un país que se ha sentido obligado a activar los resortes constitucionales que los fundadores de la nación diseñaron precisamente para limitar la concentración de poder excesivo. 

Trump ya no podrá operar bajo el escudo protector de mayorías parlamentarias afines, debiendo enfrentarse en su lugar a constantes peticiones de documentos, comparecencias forzadas de sus asesores y bloqueos implacables a sus presupuestos y nominaciones judiciales. Pero cuidado, que los dragones heridos son peligrosos y Trump ceder no va a ceder. 

Puede que te hayas perdido