Cultura

El mundo del libro ante la doble amenaza de la IA y el retroceso de la lectura: "Hay que proteger un mundo en el que merezca la pena escribir"

El mundo del libro ante la doble amenaza de la IA y el retroceso de la lectura: "Hay que proteger un mundo en el que merezca la pena escribir"

Como llevamos viendo con creciente intensidad, la inteligencia artificial ya no es una amenaza hipotética para el mundo del libro. Tampoco una discusión sobre sus posibilidades creativas o sobre si una máquina será algún día capaz de escribir una novela indistinguible de las humanas. El debate ha cambiado de escala y, sobre todo, de urgencia. La aparición de libros generados total o parcialmente por algoritmos en los circuitos comerciales y hasta en las listas de premios ha obligado a editores, agentes y escritores a preguntarse dónde están las nuevas líneas rojas de la creación, quién debe establecerlas y cómo preservar un ecosistema cultural que empieza a tambalearse por varios frentes. La cuestión planeó sobre el II Coloquio de Editores Europeos, celebrado en el marco de las Conversaciones Literarias de Formentor 2026, cuyo galardón fue concedido el pasado domingo al portugués Gonçalo M. Tavares.

Joaquín Palau, director de Arpa Editorial, resumió el cambio con una distinción que atravesó buena parte de las intervenciones. «Hasta ahora en el mundo del libro solo había una bola negra, un delito: el plagio, que es inadmisible. Bueno, pues ahora surge otro, la trampa». El problema no es necesariamente que alguien utilice una herramienta tecnológica para escribir, sino que presente como enteramente propia una obra que no lo es. Palau, que reconoció que hace apenas un año contemplaba el asunto con menos preocupación, reivindicó la responsabilidad de los editores en un escenario que considera mucho más grave de lo que había imaginado. «Eran un filtro, eran prescriptores, eran las personas en quienes confiábamos para leer. Yo creo que está en nuestras manos, en las manos de las editoriales, saber filtrar, juzgar y decidir».

El reciente caso del francés Thélyson Orélien, cuya novela llegó a figurar entre los candidatos al Goncourt y obtuvo el Premio FNAC pese a las revelaciones sobre su presunta generación mayoritaria mediante IA, ha puesto a prueba precisamente esa capacidad de discernimiento. Elena Martínez, directora editorial de Alianza y Cátedra, pidió no despachar el episodio con una carcajada retrospectiva, después de que algunos críticos y lectores elogiaran una obra cuya verdadera naturaleza se conoció más tarde. «Es fácil reírse a posteriori, pero hay gente que considero muy culta y muy lista que me ha dicho que es una buena novela comercial. Seguramente no es lo que yo publicaría en mis sellos, pero entiendo que es sorprendente el nivel que alcanza esa novela». Y advirtió: «Reírse es infravalorar lo que puede pasar de aquí a diez años con esa herramienta».

Para Martínez, lo fundamental es que el lector sepa qué tiene entre manos, que no haya «un supuesto autor haciéndose pasar por el autor». La editora recurrió a una comparación deportiva para explicar qué está en juego en la relación entre quien escribe y quien lee: «Gran parte de la gracia de la relación entre un lector y el autor es sentir que estás enfrentándote a algo que ha hecho un ser humano sin ayuda externa». Como en el ciclismo, donde el dopaje desvirtuaría la competición, la confianza forma parte del pacto. También preocupa que el nuevo escenario termine desalentando a los escritores que todavía dedican cientos de horas a levantar una obra. «Los editores tenemos la misión de intentar preservar un mundo en el que merezca la pena que dediquen todo ese tiempo».

Piero Salabe, editor de ficción de la alemana Hanser, introdujo otra distinción: no es lo mismo la literatura entendida como creación artística y búsqueda de originalidad que una industria acostumbrada a reproducir fórmulas de éxito. En este segundo territorio, donde buena parte del negocio descansa sobre la repetición de modelos, considera que la IA puede convertirse en una competencia formidable. «Es una terrible competencia para autores epígonos, para autores que en el pasado, sin inteligencia artificial, trabajaban con fórmulas, repetían cosas». Si una máquina puede producir novelas convencionales capaces de encontrar un público, no parece que el mercado tenga demasiados incentivos para impedirlo. «En el pasado había un señor, una señora que lo hacía; ahora lo está haciendo una máquina», resumió.

La editora de Seix Barral, Elena Ramírez, amplió la discusión al conjunto del ecosistema creativo. La sustitución de ilustradores y otros profesionales por herramientas automáticas demuestra que el problema no afecta únicamente a los escritores. «El ecosistema literario no pervive si caen los demás. El ecosistema creativo va todo junto». De ahí su reclamación de una regulación que proteja a los creadores y evite que la velocidad de los cambios tecnológicos deje toda la responsabilidad en manos de las editoriales. Ramírez recordó también que la literatura es, por excelencia, un espacio para pensar y para ponerse en el lugar de otros seres humanos. Frente a la fabricación de libros mediante fórmulas, reivindicó precisamente aquello que ninguna receta puede garantizar: «El factor imprevisible, aquello que nos ha llevado al corazón alguna vez en la vida».

Pero hubo una segunda preocupación que fue ganando peso durante el coloquio y que algunos participantes consideran incluso más profunda que la irrupción de la IA: la crisis de la lectura. Gustavo Guerrero, editor internacional de la francesa Gallimard, cuestionó la manera en que se interpretan los resultados educativos de las nuevas generaciones. Antes de concluir que los jóvenes leen menos o peor, pidió comprender la transformación cultural que han experimentado. «Han vivido una mutación tecnológica que ha cambiado los formatos en los que se lee. Nosotros nunca vimos un libro electrónico. Ellos sí. Y no solo un libro electrónico, sino pantallas de diversos tipos que se mueven de distintas maneras y que se leen de formas distintas también», adujo. A esto se suman la explosión de internet, la literatura juvenil, el romance, la fantasía y nuevos formatos como los webtoons. «Ha habido un proceso de aceleración tal, una sobreproducción cultural tal, que cada generación tiene prácticamente su propia cultura. Y no hay transmisión entre ellas».

La crisis, añadió, tampoco es exclusivamente juvenil. «El gran desafío para la edición no es tanto la inteligencia artificial como la crisis de la lectura. Y la crisis de la lectura toca a los mayores, a la gente mediana y también a los jóvenes». María Fasce, directora literaria de Alfaguara y Lumen, introdujo, sin embargo, un contrapunto a las visiones más pesimistas, pues recordó que los jóvenes de entre 14 y 16 años son precisamente los que más leen, con un 76,9% de lectores. «No debemos subestimarlos», advirtió.

Gianluca Foglia, director general del grupo Feltrinelli, llevó esta reflexión al terreno educativo y político. A su juicio, la discusión sobre quién utiliza inteligencia artificial y quién no está condenada a quedarse obsoleta. «Dentro de algunos años la pregunta que nos hacemos, quién utiliza IA y quién no utiliza IA, será incomprensible. Todos usarán IA. Para escribir artículos, para escribir libros, para hacer encuestas científicas. Todos». Lo decisivo será con qué propósito y con qué ideas. Su preocupación es que el libro esté dejando de ser una herramienta imprescindible para aprender. «El proyecto tecnológico es que el libro, como objeto, no sea más una herramienta necesaria para el aprendizaje». Y señaló a escuelas y universidades, donde los libros van cediendo terreno frente a presentaciones y documentos de síntesis. «Mi hija empezó a estudiar Psicología en Padua el año pasado. Yo fui a la librería y le compré un libro con cinco conferencias de psicoanálisis de Freud. Son 60 páginas. "No, esto está fuera, no está previsto. Tengo que leer el PowerPoint de la profesora", me dijo».

Por eso reclamó que la defensa del libro se convierta en una batalla compartida con las instituciones educativas y las administraciones europeas. «Una de las cosas que los chicos y las chicas que van a la escuela y a la universidad tienen que aprender es leer un libro, interpretar lo que está escrito y repetir de manera sensata lo que han leído». No se trata, por tanto, de cerrar la puerta a la tecnología ni de convertir a los editores en inspectores de manuscritos. Miguel Aguilar, director literario de Debate, Taurus y Random House, defendió que «autores, editoriales y lectores, las tres patas de este sector, deben decidir qué uso quieren hacer de estas herramientas, siempre desde la consciencia y la transparencia». Y Foglia resumió el criterio que podría orientar esa convivencia: «Me interesa que alguien tenga una idea original y brillante en la cabeza, no cómo la construya».

Como conclusión, Juan Cerezo, editor de Tusquets, volvió sobre la necesidad de dotar al sector de herramientas para afrontar el nuevo escenario. A propósito del escándalo francés, reclamó «un instrumento de carácter forense que permita conocer quién ha participado en los distintos procesos de elaboración de un libro». Una manera de devolver al mundo editorial algo que hasta ahora parecía evidente y que empieza a dejar de serlo, saber quién está detrás de lo que leemos. Porque, entre la máquina que aprende a escribir y el lector que quizá deje de aprender leyendo, la pregunta que atraviesa el futuro del libro sigue siendo quién responde por una obra, quién la reconoce como propia y qué queda de la confianza que durante siglos ha unido a escritores y lectores.


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