Cultura

La invitación: Nadie habla de orgasmos como Penélope Cruz (****)

La invitación: Nadie habla de orgasmos como Penélope Cruz (****)

Pese a lo que mantienen las escuelas de idiomas con un empeño comercial no disimulado, no es verdad que se pueda hablar una lengua. O sí, pero solo en un sentido o nivel muy elemental (a C2 solo llegan los elegidos). Más bien —si hacemos caso, con perdón, a Heidegger—, es ella, la lengua, la que nos habla, la que nos dice, la que, apurando, nos conforma y nos da sentido (o no). Nadie piensa ni actúa ni desea más allá del horizonte de lo pronunciable. Con el sexo, como se empeñó en demostrar Foucault, pasa algo parecido. Tendemos a creer que, por la naturalidad con la que se nos aparece en nuestras vidas, la sexualidad es por fuerza una forma libre de expresión y, en realidad, pocos de nuestros hobbies (o prácticas) resultan tan meticulosamente artificiales y, no lo duden, impuestos. Y, por ello, el sexo es tan deseable para alguien que aspire a imponer sus normas y preservar sus privilegios. De otro modo, no practicamos sexo, es el sexo el que utiliza nuestros cuerpos para ejercitarse. Y correrse incluso.

La gracia del texto teatral de Cesc Gay Los vecinos de arriba, llevado al cine por primera vez como Sentimental y que vive su enésima adaptación internacional (la novena para ser exactos) de la mano de Olivia Wilde en La invitación, consiste básicamente en unir los dos hilos de razonamiento del párrafo anterior. Es comedia en la que dos parejas hablan de sexo —comedia lenguaraz y sexual, por tanto--, pero, en realidad, es el sexo el que habla a través de ellos. Y lo hace, y esto es lo relevante, con elegancia, desparpajo, sentido del ritmo y un ligero toque de amargura (tampoco mucho). Nadie escapa ni al poder de las palabras para crear mundos ni al de nuestros apetitos sexuales más íntimos para desbaratar cada uno de los mundos apenas construidos.

Por aquello de no perderse, la película no es más que lo que dice el título. Una pareja, a la que da vida la propia Olivia Wilde y Seth Rogen, recibe en su casa a los muy deseables y modernos vecinos de arriba. Aquí, Edward Norton y, a su lado, una Penélope Cruz en una interpretación entre memorable y muy memorable. La idea es conocerse y, ya de paso, hablar de sexo. O, para ser preciso, discutir sobre el estruendo en el que solazan unos para disgusto y hastío de los otros. Los de abajo no pasan, por así decirlo, por su mejor momento ni sexual ni general. Lo que sigue no es más que una larga conversación a la vez que catarsis; es liturgia y es, en efecto, orgía. Verbal, pero bacanal al fin y al cabo.

De nuevo, como en la cinta original, todo el peso de la argumentación recae en unas interpretaciones tan ajustadas a razón como afinadas, libres, retozonas y adictivas. Y, claro está, sexys. Desconcierta (para bien) el gesto permanentemente estreñido de Rogen, entusiasma la expresividad salvaje de Wilde, desorienta (para mejor) el despiste creativo de Norton y, por encima de todo, subyuga la inteligencia libre de marca de Penélope Cruz; una Penélope Cruz entregada a convertir cada silencio en oro. Nótese que sobre el libreto, el suyo es el papel de la hispana expresiva, exuberante, desinhibida y con una habilidad pasmosa para convertir dos aceitunas estrujadas (¿o eran testículos?) en una metáfora de la perimenopausia. Pues bien, y sin renunciar a todo ello, la actriz añade una sorprendente y poco explotada habilidad para la introspección expresiva, para la mirada desnuda, para la música callada, que diría el místico. La película, dígase ya, empieza en Penélope y acaba en Cruz. Y al revés.

Por otro lado, Wilde se las arregla para refutar la sensación de torpe claustrofobia que siempre (o casi) acompaña a las adaptaciones teatrales mal disimuladas. La invitación consigue ser a la vez extremadamente ortodoxa en la presentación de los diálogos y divertidamente original en el escalado de las secuencias. El escenario, lejos de ser simplemente un decorado inane, se integra en la trama convertido en una especie de laberinto por el que se pierden las dudas, resquemores, quehaceres y frustraciones de los personajes. La directora ya había demostrado su imaginación visual tanto en la comedia tan enloquecida y brillante Súper empollonas como en la fantasía sin prejuicios No te preocupes querida. Ahora atempera el gesto y, con un virtuosismo tan preciso como socarrón, saca adelante una comedia sexual hablada en la que son el sexo y las palabras los que imponen sus reglas. Lo que importa, recuérdese, sigue siendo no tanto el placer del sexo ejercido como del sexo representado y finalmente consumido que, hemos llegado, nos consume. Todo eso y Penélope Cruz.

—

Directora: Olivia Wilde. Intérpretes: Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz, Edward Norton. Duración: 108 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.


Puede que te hayas perdido