Verano de 2040. A sus 33 años, Lamine Yamal ya ha ganado tres Mundiales, cuatro Eurocopas y no sé cuántos Balones de Oro, pero en el ocaso de su carrera ha descubierto un rival a su altura: el futbolista más fuerte y rápido que jamás se ha visto, uno que no falla ni se cansa, un jugador que nunca tiene partidos malos. Booster T14. Un robot. Literalmente, un robot. Ya no tiene sentido ver en qué país se juega mejor: la lucha ya es otra, la humanidad contra las máquinas. Desde que en 1997 el ajedrez cayó en manos de Deep Blue, las máquinas han conquistado todos los deportes y solo queda el fútbol, la última frontera.
Es ciencia ficción, sí. Pero solo de momento. Los avances en la fabricación de los robots humanoides y el salto que la inteligencia artificial ha supuesto para su programación han acelerado un proceso que desde hace décadas tiene involucradas a empresas y universidades, y aquello que parecía imposible ya no lo es. En el siglo pasado se soñó con que un equipo de robots humanoides derrotase al campeón del mundo humano en 2050; ahora varios expertos consideran que esa quimera podría ser realidad incluso antes de la fecha marcada.
De los perros robot al fútbol humanoide
Sería la culminación de un proyecto que empezó en Japón en 1993 de la mano de un grupo de investigadores, entre ellos el renombrado científico Hiroaki Kitano, y que con el tiempo se ha convertido en una competición reglada con participantes de todo el mundo: la RoboCup, una suerte de Mundial de programadores de robots. Hace ya más de 30 años, aquel grupo, con Kitano a la cabeza, creyó que la mejor manera de impulsar la robótica era un torneo de fútbol y, para darle más gracia, abrió la competición a especialistas de universidades de varios países. Unos años después, cuando Sony lanzó sus perros robot AIBO, en 1999, estos se convirtieron en los jugadores oficiales: todos los equipos usaban el mismo robot y ganaba el mejor programa.
Se formaron equipos y la RoboCup empezó a crecer, a crecer y a crecer. De perros a minirobots, de minirobots a robots enanos y, al final, con 364 equipos de 45 países participando, este año se celebró el primer partido de 11 contra 11 de humanoides de un metro de altura. En la ciudad coreana de Incheon, el B-Human de la Universidad de Bremen derrotó por 4-0 al HTWK de la Universidad de Ciencias Aplicadas de Leipzig, ambos alemanes. En el vídeo del encuentro, publicado en YouTube, se pueden observar muchos problemas, mucha lentitud, pero los robots ya son autónomos, saben lo que hacen y raramente acaban en el suelo.
Francisco Martín Rico, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y responsable del Intelligent Robotics Lab, participó en la RoboCup desde 2004 y recuerda que «parecía todo muy lejano, la verdad», pero cuenta que «los últimos años el desarrollo de los humanoides ya parece que ha cogido esta velocidad». Luca Marchionni, cofundador y director técnico de PAL Robotics, líder española en robótica humanoide, con sede central en Barcelona, también compitió entre 2003 y 2005 con el equipo de la Universidad de Roma. «La verdad es que sí que ha avanzado muchísimo», apunta. La RoboCup, añade, sirve para entender «cuáles son los puntos débiles» de los sistemas: «la competición te pone en tu sitio, como las personas».
120 millones de pasos cada noche
Hasta hace un par de años, la tecnología de los humanoides evolucionaba a un ritmo controlado, con pasos muy seguros, pequeños, de un año a otro. Pero el uso intensivo de la IA lo ha cambiado todo. Según cuenta Marchionni, hasta hace poco mejorar el equilibrio de un robot exigía miles de pruebas con un modelo real. Colocarlo, probar, levantarlo del suelo, repararlo. Ahora los robots aprenden en un simulador que corre sobre potentes GPU y ejecuta unos 120 millones de pasos virtuales cada noche.
Si mantenerse en pie era hasta ahora un reto para las máquinas, ya no es el principal obstáculo, y se avanza en los diferentes movimientos y, sobre todo, en su velocidad. «Tengo GPUs que me permiten hacer en una noche lo que haría en dos años de testeo en el robot», comenta el ingeniero italiano asentado en España, mientras el profesor Martín Rico añade: «Puedes poner a cientos de robots en paralelo a caerse, a levantarse, hasta que aprenden realmente cómo tienen que moverse».
Gran parte de los robots humanoides son de fabricación china, como los Booster que usa la mayoría de equipos en la RoboCup, y este agosto se celebró en Pekín la segunda edición de los World Humanoid Robot Games, donde modelos humanoides de empresas chinas corrían, saltaban, jugaban al tenis de mesa o practicaban otras muchas disciplinas, como el juego de la cuerda. Otra competición para la evolución de la especie.
Un autómata corrió los 100 metros en 8,64 segundos, casi un segundo menos que el récord humano de Usain Bolt (9,58); otro saltó 2,88 metros de altura sin carrerilla, por encima de la plusmarca mundial de Javier Sotomayor (2,45 metros). En pocos días quedó en evidencia que los humanoides ya pueden ser más rápidos, más fuertes y más explosivos que los humanos, pero les falta serlo todo a la vez y, sobre todo, les falta calle.
El problema de frenar y pensar
Había que ver al robot humanoide velocista acabar los 100 metros más rápido que Bolt y estrellarse contra una barrera inmediatamente después, porque una cosa es saber correr y la otra es saber frenar. De momento no hay autómata que junte virtudes -el que está programado para saltar, solo salta-, pero más pronto que tarde lo harán. El último paso será la intuición.
Para que los robots puedan ganar a los humanos, explica el profesor Martín Rico, deben percibir, decidir y actuar en unos 50 milisegundos y, además, hacerlo en equipo, coordinarse para que no vayan todos a por la pelota. Y hoy, admite, «ganan los humanos», por velocidad de juego e intuición.
Marchionni, por su parte, cree que los robots que vemos ahora están imitando: se les pone un movimiento complejo y lo repiten, «es como hacer un replay». La creatividad está a un nivel superior. Para entender el contexto y decidir qué acción realizar falta, dice, «el orquestador, el cerebro gordo», y para jugar como Messi o Cristiano Ronaldo habría que imitar el cerebro que sabe cuándo correr, regatear, chutar o saltar. «Una cosa es jugar a fútbol como jugaría yo o tú, y otra es como juega Messi», asegura Marchionni, que cree que el objetivo de 2050 podría cumplirse antes. Rico es más concreto: «De aquí a diez años es muy posible que nos encontremos con equipos que juegan muy bien».
¿Y si el fútbol de robots acaba siendo aburrido?
Luego está la duda sobre si acabará siendo atractivo. Después de Deep Blue, los humanos seguimos jugando al ajedrez y viendo a humanos competir entre ellos. El fútbol, además, es mucho más imprevisible, hay más errores, más empujones, más emociones lejos de la frialdad robótica. Pero puede tener su público.
En la última RoboCup de Incheon, había un centenar de espectadores y estos elegían su equipo favorito y reconocían a los jugadores por su dorsal. Si un día once máquinas corren más que los humanos, no se cansan y aprenden millones de jugadas en una noche, quizá el deporte deje de ser una competición entre cuerpos y pase a serlo entre inteligencias. ¿Podrán los robots ganar a la España de Lamine Yamal en 2040?