A finales de los años 20 del siglo pasado, todo parecía posible. Los anglosajones usan la expresión The sky is the limit para decir que en el país de las oportunidades, del sueño americano, cualquier cosa está al alcance de la mano para quien tenga ideas, voluntad y fe, pues la fortuna siempre sonríe a los audaces. Pero en el caso del skyline de Manhattan, la expresión, hace 100 años, era literal. Sólo las estrellas eran el límite.
En 1930, el arquitecto William Van Alen levantó para el multimillonario Walter P. Chrysler, rey de los automóviles, una torre que aspiraba al título deedificio más alto del mundo. La idea original había sido de William H. Reynolds, quien estaba detrás del famoso parque de atracciones de Connie Island. Pero Chrysler se quedó el proyecto y lo enriqueció con sus sueños. Según la leyenda, Van Alen montó en secreto una aguja de acero dentro del hueco del edificio y la izó casi de golpe para romper los 1.046 pies (unos 319 metros), logrando la proeza y destronando a la sede del Banco de Manhattan.
En realidad, conservó el récord menos de un año, porque el Empire State lo superó en 1931, pero ya había dejado su marca imborrable en el imaginario colectivo, con sus arcos concéntricos de acero inoxidable, las gárgolas en forma de águila y los motivos inspirados en los tapacubos de los coches de la marca. El edificio se convirtió en el emblema del art déco, de la era del automóvil y el motor, del dominio del hombre sobre la naturaleza. Símbolo de exuberancia y modernidad, de esperanza y potencia en plena Gran Depresión, hizo que la silueta de Manhattan fuera y sea reconocible en todo el planeta. Y se volvió parte de la cultura popular. En las novelas de Kurt Vonnegut, las películas de superhéroes, en las fotografías de Annie Leibovitz, en los créditos de Sexo en Nueva York, en parte de la letra de musicales como Annie. O por el legendario mural de Edward Trumbull que sobrevive en el hall.
Si el auge fue espectacular, inmediato, la caída, en cambio, fue lenta y dolorosa. El mundo de la posguerra, tras la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, las trincheras, se volvió de cristal y acero, en busca de luz. La historia del edificio está marcada por la rivalidad y la ambición. También maldita, en cierto modo. El récord de altura duró poco, el arquitecto nunca cobró íntegramente sus honorarios y acabó enemistado con Chrysler. En 1978, el edificio fue declarado monumento histórico de Nueva York, pero ya para entonces las instalaciones que una vez deslumbraron al mundo habían quedado obsoletas y necesitadas de una inversión y un mantenimiento que no llegaba.
Las empresas del siglo XXI han huido de un edificio de localización extraordinaria, pero demasiado viejo, con mala cobertura para los móviles, ascensores que se paraban constantemente, goteras y serios problemas de plagas y cañerías. Tiene, además, ventanas pequeñas, poca luz natural, una planificación hostil para la época de los despachos abiertos y las grandes salas transparentes, y no puede competir con las increíbles instalaciones de sus rivales más modernos en la zona, que cobran hoy tres y cuatro veces más por metro cuadrado. El Chrysler tiene la fama, el carisma, el aura, pero eso no basta en 2026.
La propiedad tiene una particularidad adicional: el terreno sobre el que se levanta pertenece desde 1902 a Cooper Union, una pequeña universidad privada que no lo vende, sino que lo alquila a muy largo plazo y que con los ingresos beca a sus estudiantes. Tras la muerte de Walter Chrysler, en 1940, el edificio quedó en manos de su familia, que lo vendió en 1953 al promotor inmobiliario William Zeckendorf. En 1957 pasó a los inversores Sol Goldman y Alex DiLorenzo. En 1979 lo compró Jack Kent Cooke y, a finales de los años 90, pasó a manos de Tishman Speyer, un gigante del ladrillo.
En 2008, el fondo soberano Abu Dhabi Investment Council adquirió el 90% de la propiedad al pagar más de 800 millones de dólares. Pero apenas una década después, en 2019, el edificio fue recomprado por la inmobiliaria RFR, del inversor Aby Rosen, junto con el grupo austríaco Signa, por apenas 150 millones. Un precio que refleja el estado de la propiedad, el coste de la renovación que necesita... y también pone de manifiesto la burbuja del suelo de Manhattan. En 2018 el alquiler del suelo rozaba los ocho millones de dólares, pero subió de golpe por encima de los 30 y podría haber llegado a 40 millones el año que viene.
En esos años, la gloria se ha desvanecido y, en una ciudad repleta de construcciones extraordinarias, la mitad de las oficinas están vacías. Al menos hasta ahora. Este mes Tishman Speyer y sus socios han cerrado por fin un acuerdo para volver a asumir el arrendamiento del terreno por 150 años con la intención de restaurar el inmueble y modernizar los servicios, pagando unos 235 millones, más lo que cueste el alquiler, que ha renegociado a la baja. Y ha prometido una reforma completa. No sólo las oficinas, ascensores o el hall, sino la fachada y la emblemática corona, aprovechando que la demanda de oficinas en Manhattan está este año en el momento más alto desde principios de siglo, impulsada por empresas relacionadas con la IA y firmas de Wall Street. Y por las limitaciones regulatorias para la construcción de nuevos espacios en la zona.
«Vamos a modernizar toda la infraestructura del edificio, ya sea renovando por completo los ascensores o puliendo el acero inoxidable de la parte superior para que brille. Porque éste es un edificio que cada neoyorquino siente como propio. Porque cuando lo ves en el horizonte, es tu edificio», la ha dicho el responsable de la empresa a The New York Times. Entre los planes está convertir el piso 61, el de las gárgolas, en un club social con restaurante y terraza abierta a todos los inquilinos del edificio. También añadirá gimnasio y espacios recreativos, multiplicando el atractivo de una propiedad que se encuentra a pocos minutos a pie de la estación de tren de Gran Central. Un lujo y un atractivo enorme para quienes viven en las afueras y tienen que desplazarse cada mañana.