Navahermosa acogía este jueves uno de los días más tristes de su historia. Un pueblo de poco más de 3.500 habitantes donde todo el mundo se conoce y donde, por tanto, todo el mundo conocía a Jesús de Miguel. En esa localidad, a 52 kilómetros de Toledo, nacieron sus padres y allí, desde media tarde, descansa el futbolista.
No ha sido una tarde fácil, pero todo el mundo quería estar allí. Los vecinos, que conocían a la familia (es decir, todo el pueblo), se paraban en la puerta de la iglesia de San Miguel Arcángel con rostros serios y un sentimiento común: devastación. «Soportando», contestaba alguno a un allegado que le preguntaba: ¿Cómo estás?
Pero los vecinos no fueron los únicos que abarrotaron la iglesia y las calles cercanas a ella, porque, eso sí, no cabía un alfiler en la pequeña plaza que rodeaba la parroquia de piedra y ladrillo. Todo el mundo del fútbol quiso estar presente. Florentino Pérez, Miguel Ángel Gil Marín, Luis de la Fuente, incluso la ministra de Deportes, Milagros Tolón, o jugadores como Óscar Trejo se dejaron ver por el pueblo. Rostros serios. Y mucho dolor.
Pero lo duro, lo más duro, se sintió con la llegada del coche fúnebre que portaba los restos mortales del futbolista. El silencio helaba y las caras de sus familiares, sobre quienes se posaban todos los ojos —especialmente sus padres y María, su viuda, que sujetaba en brazos a la pequeña Carla—, son difíciles de explicar.
Pasaban cuatro minutos de las tres de la tarde cuando el maletero del coche fúnebre se abrió y, entonces, el silencio que nadie se atrevía a romper se quebró con el llanto de María. Aunque se cubría los ojos con unas oscuras pero finas gafas de sol, sus lágrimas y su rostro destrozado eran imposibles de disimular. Igual que sus padres, quienes caminaban apoyándose el uno en el otro y también en su otra hija, la hermana del futbolista.
Una hora de misa, durante la que quien no había entrado rápido a la parroquia tuvo que aguardar fuera de ella, escuchando a duras penas los discursos de cariño que iban narrando sus seres queridos. Durante esa hora, el silencio seguía siendo el protagonista fuera. Y cuando el coche, adornado con multitud de coronas (de casi todos los equipos de fútbol), se volvió a acercar a la puerta de la iglesia de San Miguel Arcángel, todo el mundo se volvió a agolpar a su alrededor.
La mudez del entorno se rompió con el aplauso que provenía del interior de la parroquia, anunciando el final de la misa. Comenzaron a salir los que se encontraban dentro, todos visiblemente afectados. Llegó el féretro, portado por los amigos del deportista, quienes lo llevaron en hombros hasta el pequeño cementerio del pueblo.
Justo detrás de él, en ese último paseo, sus padres, su hermana y su viuda. Y allí seguía, ajena a todo, Carla, tan pequeña, tan inconsciente de todo, protegida del frío con un abrigo marrón con un gorrito. Caminaban detrás del féretro, aunque parecía más bien que era la inercia la que los empujaba. A ellos, sí, pero también a todas las personas que llenaban las estrechas calles por las que anduvieron por última vez los restos de Jesús de Miguel hasta llegar al cementerio. Impresionaba mirar el rastro de personas que quisieron andar tras el futbolista. Impresionaba más mirar sus caras
Allí aguardaban tres autobuses. En el primero se trasladaban todos los miembros de la AFE que quisieron dar su último adiós al jugador. En los otros dos, la directiva y los jugadores del Tenerife, quienes no llegaron a entrar al cementerio para llegar a tiempo al avión que les aguardaba en Madrid. Entre abrazos se despedían los que fueron los compañeros de Jesús de Miguel, y una frase, entre todas las muestras de cariño de los jugadores, destrozados, resonó entre ellos: «Que la próxima vez que nos veamos sea en un campo de fútbol».