Aquel muchacho alto de Valladolid, botones en un banco de provincia, destemplado, desgarbado, miope, enfiló la biografía hacia la literatura y en ella se hizo un nombre y un género en sí mismo. Francisco Pérez Martínez (1932-2007) levantó con su escritura una biografía al bies, borrando huellas ciertas e hilvanando pistas falsas hasta hacer de su existencia una obra entre la ficción y el trampantojo. De vivir hizo una niebla coloreada. Mintió y desdibujó las confesiones sobre su origen. Comenzó escribiendo artículos sueltos en la revista Cisne del Sindicato Español Universitario, algún cuento traspapelado, quizá poemas. Tenía cara y corazón de otros tiempos. Leía sin tregua. Se formó a su manera con arranque decisivo. No tenía más que la claridad de las palabras y una existencia triste como niebla entre olivos donde atizaba la ausencia del padre, la distancia de la madre, la intemperie, el frío. Se inventó ser Francisco Umbral y lo fue nada menos que casi toda la vida. Muy pocos han convertido su desarraigo radical en un esplendor desorbitado. Esa es su cultura: la recalificación de los solares de su vocación para edificar en ellos a un romántico, a un dandi, a un plebeyo, a un cortesano con la visión lírica de la maldad, a un cheli de su propio extrarradio, a un poeta al que se le abren las alas del abrigo mientras va alimentando su estela con el menú del artículo diario.
Umbral murió en 2007. Tenía 72 años. Fundó una nueva astronomía en el periodismo. Escribió así toda su vida, sin abandonarse nunca. Dicen que 15.000 artículos. Y unos 130 libros. Quién lo sabe. La verdad es que la muerte no ha logrado abatirlo. Umbral permanece en pie y aún provoca una fascinación doble y ambigua. Es un nombre del pasado y un escritor presente. Renovó el articulismo ordenando a su manera el mundo y además le puso barandillas. Hasta llegar a ser Francisco Umbral se ejercitó con ambición íntima para exhibirse después con todo afán de exterioridad. Texto a texto punteando su verdad y recorriendo el tiempo. Si ponemos una tras otra sus piezas de periódico, en los folios concentra una historia personalísima de España, de Europa, de su momento, de la modernidad, de la democracia cuando la democracia llega. Y ese es el recorrido, el de una vida empeñada en escribir, que hace Miguel González Somovilla para dar cuerpo, forma y sentido a un volumen revelador de 820 páginas, Escribir lo vivido. Artículos periodísticos (1955-2007), publicado por la selecta Biblioteca Castro, donde recorre la obra de Umbral a través de 350 piezas volcadas en los periódicos, en tantos periódicos.
Dice Somovilla: «Contaba con una legión de lectores, unas veces favorables y otras contrarios a sus opiniones, a esos juicios suyos que mudaban según los momentos, los ánimos y las circunstancias, 'siempre entre el estilismo y el terrorismo, que es como debe moverse un articulista'... Nadie podría explicar las causas últimas de este frenesí periodístico mejor que él". Y de ahí que en el enjundioso ensayo introductorio, Somovilla remita a un texto autobiográfico del escritor para dar cuenta de qué material está manejando: "Francisco Umbral estaba poseído por los demonios de la escritura, que no le abandonaron nunca. Había sido siempre, desde niño, un profesional de lo suyo y nunca pensó en dedicarse a otra cosa. (...) Su vida avanzaba con el mismo ritmo que su escritura". Parece que fue así.
Desde los primeros textos hasta la última columna en este periódico pasaron más de 50 años y muchas cabeceras: El Norte de Castilla (por obra y gracia de Miguel Delibes), El Diario de León, La Estafeta Literaria, la agencia Colpisa de Manu Leguineche que alimentaba a tantos periódicos, y El País de la Transición y hasta el ochenta y tantos, el breve paso por Abc, La Vanguardia, Diario 16, Interviú y su última casa, EL MUNDO, donde Pedro J. Ramírez lo fichó en junio de 1998 y publicó durante 18 años. Para entonces, Umbral restallaba en la última página y acumulaba miles de lectores diarios. Era popular y reconocido. Era denostado y rebatido. Era el lobo feroz de los articulistas. El más osado. El más lírico. El más poeta. Incisivo, caprichoso, blando con las espigas y duro con las espuelas. Un escritor de periódicos tentacular con un alto sentido del espectáculo, siendo él su carpa, su pista, su aforo, su trapecio. Profesaba la profesión del madrileñismo y respiraba en ocasiones por una branquia herida. Acumuló la maestría del idioma, el lenguaje espontáneo y crudo, y lo ejercía cada jorjada personal y literariamente. Esa es su actualidad de entonces y su robustez de ahora. Umbral no es una nostalgia caótica, sino una perseverancia sin escuela que contamina cuanto toca.
Rosa Montero lo afina bien en unas impresiones recogidas por Somovilla en Escribir lo vivido: "Umbral cambió el periodismo literario y de opinión de la época. Renovó el estilo y le copiaron mucho. Unió lo erudito con lo cheli y lo popular. Y revitalizó el lenguaje que aparecía en los medios: ese fue su toque maestro. Tras su muerte, ha estado en el purgatorio de los escritores, pero creo que se acerca su recuperación". Su actualidad es posible porque no hizo de su escritura un mundo cerrado. La mezcló con todo y con todos, y un poco contra todos también. A brazo se hizo mercancía imprescindible en la prosa de los periódicos. Y cuando lo lees ahora entiendes que casi todo en sus temas eran pretexto para hablar de sí mismo, pues él era el material de su trabajo, "siempre con el yo por delante", dice Somovilla.
Huroneó por todos los recovecos de la realidad con ese apasionado sentir de los románticos oficiales. Hizo la columna punk y la columna dandi. La columna oficial y la suburbial. Dejó dicho que sólo se es algo de verdad cuando se apunta al lugar donde nadie mira provocando todas las miradas. En el columnismo experimentó por los alrededores de la pobreza y del entusiasmo. En la vida transitó por los portales del desamparo y por los salones del éxito, impulsado por una aleación de daños y halagos.
Los artículos de Umbral, las negritas de Umbral con las que empezó a trastear en El País, la torcida consecuencia de su escritura ante un mundo convencional, mantienen irremediablemente el pulso. Él es un personaje más de su propia refriega. Moderno de cadera estrecha. Miope como un poeta del pesimismo al que tan sólo le queda el refugio de tener razón. En este libro está la clave. Aquí queda la síntesis de esa clave sociológica a la que supo dar forma y sin la cual resulta difícil comprender los últimos 40 años de nuestra historia.
Lo tuvo casi todo: lectores, reconocimiento, dinero, amores, premios. Pero le faltó el sillón en la Real Academia Española (RAE). Eso sí le faltó, para deficiencia de la RAE. "Hoy son casi unánimes las voces que señalan el error cometido por la RAE al no procurar, después del primer intento fallido, que Umbral volviera a ser aspirante a una plaza para la que tenía sobrados méritos", apunta el autor del volumen. "El más beligerante en su defensa fue Camilo José Cela: 'En la Academia te dejaron a la puerta, mejor dicho, te dieron con la puerta en las narices, y lo peor es que no se percataron de que quien perdía con eso no eras tú sino la corporación que te rechazaba". El Cervantes en el año 2000 le alivió la frustración. No así el rencor que desarrolló y alimentó contra la institución hasta el final.
Hace 19 años falleció Francisco Umbral. Ocupa el columbario 2549 del sector 8 del cementerio de La Almudena, en Madrid, junto a su hijo 'Pincho', el de Mortal y rosa. Dentro del nicho quedaron sólo las cenizas, en los periódicos dejó lo que sigue siendo hoy: una escritura perpetua.