Cultura

Y a usted, ¿cuándo fue la última vez que le estafaron?

Y a usted, ¿cuándo fue la última vez que le estafaron?

Allí estaba yo, a las 11 de la noche blandiendo un destornillador bajo la atenta mirada, por videollamada, de mi mejor amigo, a la sazón electricista. «¿Te sientes capaz de desmontar el termostato?», me había preguntado un rato antes. «Si lo quitas y la caldera sigue encendida, es que te están intentando timar». Pocas sensaciones tan incómodas como la que se apodera de una cuando sabe fehacientemente que está siendo estafada pero no tiene recursos para evitarlo.

Rebobino: el pasado agosto, al volver de vacaciones, bajo la caldera se había formado un gran charco de agua. Acudió al rescate un joven y voluntarioso técnico que cambió una pieza y -¡Chan-ta-ta-chán!- frenó la fuga: media hora, 200 euros. Antes de irse lo alertó un sonido: «¿Está puesta la calefacción?». Ay. Toqueteó un poco más y se fue musitando que si cuando la encendiera daba problemas, él no había sido, sería cosa del termostato.

Por supuesto, dio problemas y por supuesto, era el termostato. También, por supuesto, él mismo podía cambiármelo por un módico precio. Y allí estaba yo, a las 11 de la noche, blandiendo un destornillador para confirmar que, efectivamente, me estaban intentando timar. Otra vez.

A mi suegra, doctora, le sacaron un par de miles de euros por teléfono unos que decían que eran de su banco; a mi madre, catedrática, otros cientos unos que decían que eran de Ikea; a la compañera que se sienta detrás de mí, periodista de investigación, le hicieron el lío de la distribuidora y la comercializadora del gas y, de repente, las facturas tenían otro remitente y un importe indeseado. Salir de ahí fue un infierno que conozco bien porque también caí en su día. Nadie está libre del timo de la estampita, igualador social donde los haya.

Esta semana hemos desayunado con una de esas noticias que le hacen a uno preguntarse en qué mierda de mundo vivimos: el gerente de la librería Pérgamo, la más antigua de Madrid, el mismo que anunciaba días atrás que cerraba porque había sido víctima de los buitres inmobiliarios (y cuyo lamento recogí en esta columna, otra vez he caído), no era lo que parecía. El buitre, en realidad, era él.

A la chita callando había registrado el nombre del octogenario negocio familiar y había dejado de pagar un alquiler que, sorpresa, nunca le había subido la dueña del espacio y heredera de la marca. O eso creía ella. La imagino blandiendo un destornillador en plena noche deglutiendo la vergüenza y la rabia del que se sabe estafado. Apuesto a que a usted, querido lector, también sabe de lo que le hablo.

Puede que te hayas perdido