El fútbol europeo no se limita únicamente a la Champions, ni mucho menos. La Europa League y la Conference también tienen su encanto. Son competiciones en las que equipos españoles que no suelen generar demasiado ruido mantienen a buena parte del público futbolero, más allá de sus propios aficionados, atentos a los pasos que dan en estos retos continentales. Ocurrió con el Rayo Vallecano en la Conference League el curso pasado, cuando todo el país se volcó con un equipo de barrio que alcanzó una final europea.
Este año, en el lugar de los vallecanos está el Getafe de José Bordalás, que se enfrentará al Lugano, equipo suizo. Un escalón más arriba, en la Europa League, el Celta de Vigo intentará sumar sus primeros puntos en la competición contra el Celtic de Glasgow. Y el calendario no acaba aquí. La Real Sociedad viajará hasta Lillestrøm para enfrentarse al equipo que lleva el nombre de esta ciudad, situada a 18 kilómetros de Oslo.
Todos los choques guardan su propia historia. Así es el fútbol. Pero quizás, si hay que elegir, la más curiosa sea precisamente la que protagonizan el conjunto txuri-urdin y su rival. Tal vez pocos conocían el nombre del equipo nórdico antes de que se convirtiera en el adversario de la Real. La liga noruega no es precisamente una competición que despierte muchos adeptos en España. De la Segunda División, ya ni hablar. Y es que el Lillestrøm SK obtuvo su billete continental tras proclamarse campeón de Copa el curso pasado, una temporada en la que también logró el ascenso a la máxima categoría del fútbol noruego como campeón de Segunda.
Pues eso, un equipo poco conocido, pero quizás lo que resulte más familiar sea el apellido de su entrenador, especialmente a los aficionados del conjunto donostiarra: Hans Erik Ødegaard. Efectivamente, es el padre de Martin Ødegaard, actual capitán del Arsenal y exjugador del Real Madrid y, precisamente, de la Real Sociedad, donde militó durante la temporada 2019-20, cuando apenas tenía 20 años. Suficientes para mostrar su elegancia en el césped y esa zurda de seda.
Hans Erik, el aita del futbolista del Arsenal, como dirían los aficionados de la Real, también fue jugador, caracterizado por su inteligencia en el campo, algo que trasladó y confirmó después en su etapa en los banquillos, en la que llegó a pasar por las categorías inferiores del Real Madrid como parte del acuerdo de traspaso de su hijo en 2015.
Ahora, ha construido un Lillestrøm táctico y vertical que este jueves tendrá enfrente a un equipo cuyo entrenador conoce muy bien. Tal vez su hijo pueda ayudarle a buscarle las cosquillas al conjunto de Pellegrino Matarazzo.
El doble céltico
Al otro representante español en la Europa League, el Celta de Vigo, no solo le une el nombre con su rival, el Celtic, ya que ambos remiten a la cultura de los pueblos celtas, sino también sus aficiones, prácticamente hermanadas por sus raíces culturales desde que se enfrentaron en la Copa de la UEFA durante la temporada 2002-03.
Los gallegos se desplazarán hasta Escocia acompañados de 3.000 aficionados. A ello se suma la ausencia de la Green Brigade, el sector más radical de la afición del Celtic y uno de los principales motores acústicos de Celtic Park, apartado por su enfrentamiento con la propiedad del club. Un escenario que podría hacer que el Celta se sienta algo más cerca de Balaídos que de Glasgow. Aunque, entre paisajes verdes y gaitas, tampoco le faltarán motivos para sentirse como en casa.
El imperio de Bordalás
El Getafe también debe llegar motivado, ya que los de Bordalás se han empeñado en hacer honor al nombre de su estadio, el Coliseum, y mantener intacto su particular imperio. Llevan sin perder desde mayo de la temporada pasada, precisamente contra su predecesor en esta competición, el Rayo Vallecano.
Bordalás ha convertido Getafe en su casa, ciudad de la que, por cierto, fue nombrado hijo adoptivo. Sin contar su paso por el Valencia, lleva vinculado al club azulón casi una década. La mitad de ese tiempo lleva al frente del Lugano el entrenador de su rival, aunque su vínculo con el equipo suizo se remonta a su infancia. Dos casos que, en un fútbol que devora entrenadores, ellos han echado raíces en sus equipos.
Bordalás llegó al Getafe en septiembre de 2016, cuando el conjunto azulón navegaba por las posiciones de descenso de Segunda División. Nueve meses después lo devolvió a Primera y, en apenas dos temporadas, a Europa. Se fue al Valencia en 2021, pero regresó al sur de Madrid en abril de 2023 para rescatar a un equipo amenazado por el descenso.
La historia de Croci-Torti, el técnico del Lugano, tiene un origen diferente, aunque conduce a algo parecido. El suizo asumió el cargo en 2021, después de la destitución del brasileño Abel Braga, de quien era ayudante. En un principio, se trataba de algo provisional. Ahora ya son cinco años los que lleva al frente.
Dos entrenadores distintos, pero que han conseguido algo difícil en el fútbol moderno y fugaz que ahora se vive: que el nombre del entrenador resulte prácticamente inseparable de la identidad del club.