En la mañana de este miércoles 4 de noviembre, ha muerto Tinto Brass en Roma. El director tenía 93 años. La noticia ha sido comunicada a la agencia Ansa por su esposa, Caterina Varzi, y sus hijos, Bonifacio y Beatrice. El funeral se celebrará en la más estricta intimidad.
Giovanni Brass, conocido como Tinto, nació por casualidad en Milán el 26 de marzo de 1933, pero era veneciano a todos los efectos. Estaba felizmente casado con Carla Cipriani, perteneciente a la familia propietaria del Harry's Bar, y fue un director que vivió dos veces.
La primera etapa comienza con la anarquía autobiográfica en góndola de 'Chi lavora è perduto' (In capo al mondo), su debut en 1963 en el Festival de Cine de Venecia, y termina con 'La vacanza', de 1972, un homenaje a la locura "basagliana", con su pareja angloitaliana favorita, Nero y Redgrave.
Estamos ante un cine de autor característico de los años sesenta, con una mirada penetrante sobre la realidad, irreverente y con guiños a la Nouvelle Vague, al cine dentro del cine, a la antipsiquiatría, a la libertad de la locura y a los marginados. A partir de 'Salon Kitty' (1975), y hasta el triunfo de la película de cuidada factura 'La chiave', que sigue siendo una obra lograda tanto en el plano sensual como en el dramático y con buenas interpretaciones, Brass, inicialmente apoyado en un origen literario de prestigio, como Tanizaki, pero después ya sin red, decide apostar por el sexo, encuadrando de forma obsesiva e indiscreta las zonas erógenas mediante primeros planos ginecológicos. Como no hay certezas sobre el futuro (en el cine), más vale tomar decisiones audaces, con un desafío incorporado al sentido común del pudor: desde el porno suave, dando pequeños pasos hacia el duro, pero no con un estilo sofisticado, sino más bien ingenuo.
El erotismo de Brass también es intelectual. Dedicado con entusiasmo a la práctica de los burdeles durante los años del fascismo, una afición que aparece en 'Paprika', una de sus películas más vitales, no tiene nada de psicoanalítico ni freudiano. Es luminoso, como se dice ahora. De hecho, sus mujeres, más dotadas de grandes curvas que de grandes nombres, desde Claudia Koll, en 'Così fan tutte' (que, por una especie de justicia histórica, atravesaría después una crisis mística), hasta Serena Grandi, en 'Miranda', pasando por Caprioglio y Ammirati, en 'Monella', e incluso Anna Galiena, a la que dirigió en el frenético remake de 'Senso', con Garko vestido de uniforme de las SS, son mujeres sonrientes, orgullosas de sus exageradas proporciones físicas, heroínas de unas películas que en los últimos años, con la llegada del porno auténtico al vídeo doméstico, han perdido su razón de ser y de gemir.
El desnudo sustituye a los penes artificiales de goma y madera que el heroico Franco Branciaroli se atrevió a exhibir por primera vez, con un valor casi psicosomático. Rodaría cinco películas con Brass, empezando por 'La chiave', junto a una compañera excepcional, Stefania Sandrelli, que hoy los relega al terreno del complejo de Edipo.
Brass era un tipo simpático: con una sonrisa socarrona y un puro siempre a mano, era el gamberro que hace una travesura y no retira la mano. Fue un hedonista gurú del sexo que proclamó, sin admitir discusión, que era la única razón para vivir. Pero detrás de todo ello, está claro, había una decepción o alguna injusticia sufrida. Quizá cuando intentó abrirse camino siendo muy joven en la comedia italiana navideña con el curioso fracaso de 'Il disco volante' (Sordi en cuatro papeles, Vitti, Mangano, la provincia, los locos), o en dos episodios de 'La mia signora', de la productora de Sordi, Mangano y De Laurentiis, uno de los cuales se titula, sin segundas intenciones, 'L'uccellino'.
Brass se tenía mucho cariño y se citaba a sí mismo; también aparecía como actor, como un Hitchcock sin complejos, en intervenciones cargadas de erotismo.
Se había convertido ya en un referente del circuito de salas de cine de contenido casi pornográfico, dirigido a públicos de hombres solitarios, pero últimamente incluso le costaba terminar sus películas de erotismo semipornográfico, que se distribuían rápidamente en DVD porque no tenían cabida en los multicines. A veces todavía conservaba algunas ambiciones, como el cine negro 'Snack Bar Budapest', con Giannini, o 'L'uomo che guarda', inspirada en Moravia. Pero, con mayor frecuencia, se recreaba en actos sexuales de todo tipo y condición, coitos y actividades afines, proclamando la necesidad de la infidelidad. Amores perdidos, pero no olvidados. También ironizaba con juegos de palabras en los títulos, desde los tiempos de 'Nerosubianco', en el que destacaba en rojo la palabra eros, hasta 'Fallo!' y 'Mona(mour)', un saludable homenaje a la grosería dialectal. Pero Brass sabía hacer su trabajo y tenía el don del montaje.
De joven, en los años cincuenta, frecuentaba los ambientes adecuados, pero quién sabe si después se decepcionó o sufrió algún impacto. Lo cierto es que fue alumno de la Cinémathèque de París y ayudante de dirección de Joris Ivens, Alberto Cavalcanti y Roberto Rossellini en 'El general de la Rovere'. Para demostrar que conocía bien el cine clásico, y era cierto, citó en sus películas de forma irreverente, a veces gratuita y molesta, numerosas obras maestras: desde 'L'Atalante', de Vigo, hasta 'Roma, ciudad abierta'; desde 'Un perro andaluz', de Buñuel, hasta 'Senso'. Deformaba las obras de sus colegas, como en «L'albero delle zoccole», y tampoco olvidaba la pintura, inspirado por 'El origen del mundo', de Courbet, que centraba la mirada en el pubis femenino.
La primera etapa de la carrera de Brass, incluido su intento de provocar un escándalo internacional con la desastrosa película de culto, repudiada por todos, 'Io, Caligola' (Calígula), producida por Guccione, de Penthouse, escrita por Gore Vidal e interpretada por McDowell, O'Toole y Gielgud, que resultó ser poco más que una tragicomedia, estuvo marcada, en cambio, por películas en sintonía con un presente convulso en el que se estaban perdiendo las certezas. En los años sesenta, Brass imaginó numerosas historias sobre los problemas sociales relacionados con la locura y la marginación ('Drop out', 'La vacanza'), sobre la condición de ser diferente en una época de uniformidad, utilizando un estilo de suspense a la manera de Antonioni ('Col cuore in gola'). Incluso realizó una especie de espectáculo surrealista al estilo del Living Theatre ('L'urlo') y hasta un western de estética de cómic, 'Yankee', como tributo al género. Recurrió a menudo a buenos actores de teatro, como Asti y Proietti, así como a estrellas extranjeras vinculadas al cine de Visconti, como Helmut Berger y Thulin, y al que hoy es productor, Andrea Occhipinti.
'Salon Kitty' inauguró la exitosa corriente del porno nazi y abrió para Brass un espacio propio, de estética pop trash, entre 'El portero de noche' y 'La caída de los dioses'. Allí, instalado cómodamente en su particular nicho como provocador festivo y no como censor de los sentidos, podía escandalizarnos y sonreír, incluso de sí mismo y de sus obsesiones por la grandeza de lo vulgar.